
De acá a las elecciones presidenciales de 2027 tendremos dos sentidos desbordados: la vista y el oído. Nos llegará, por todos los medios posibles, un caudal enorme de información, consistente en declaraciones y propuestas de los candidatos. Todavía resta definir quiénes competirán, sin embargo el actual mandatario anunció con mucha anticipación su intención de buscar la reelección. Está pendiente saber si habrá PASO y quien será su contendiente principal.
En el coloquio de IDEA, mientras se encontraba en París, el Presidente repitió no menos de diez veces que el rumbo de la economía quedaba condicionado por el resultado de las elecciones del año próximo. La insistencia no hizo más que anticipar la contienda electoral y alimentar la incertidumbre. Las decisiones de inversión quedaron en suspenso a la espera de un escenario político más definido y ya sentimos el parate de la actividad.
Una frase atribuida habitualmente al estadista prusiano Otto von Bismarck, y también asociada a Georges Clemenceau y Milton Friedman, resume con ironía el clima que se avecina: «Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería».
¿Cómo distinguir, entonces, las promesas reales de aquellas que son apenas un globo inflado para la ocasión? No existe un método infalible para detectar la mentira. Tal vez debamos recurrir a un tercer sentido: el olfato, para discernir entre lo que puede calificarse de posible y lo que es una bolsa de aire que así como se infla se desinfla.
En 1926, Ernest Miller Hemingway publicó Fiesta, una novela ambientada en la Europa de posguerra. Sus personajes, dos hombres y una mujer, expatriados que transitan un mundo de desencanto y vacío existencial, viajan desde París hasta Pamplona para participar de los festejos de San Fermín. En contraste con la deriva moral que los rodea, Hemingway presenta las corridas de toros como un ámbito de ritual, valor y autenticidad.
La referencia viene a cuento por lo que sucede cuando termina la campaña electoral. Hasta entonces, los candidatos estarán rodeados de gentes, asesores, dirigentes, empresarios, periodistas y simpatizantes que les palmean la espalda, los acompañan en los medios y les acercan propuestas para conquistar el voto. El 10 de diciembre de 2027, cuando asuma el ganador, después del festejo descubrirá otra realidad: la soledad del poder, la responsabilidad de decidir que no se comparte con la multitud que lo acompañó durante la campaña. Como el torero queda solo frente al toro, cuando se retira de la arena su cuadrilla, el nuevo Presidente deberá enfrentarse a sus propias decisiones. Y entonces se hará la pregunta elemental: ¿y ahora qué hago?
Tendrá que articular y conformar su equipo de gestión, intentar llevar adelante sus ideas y tomar conocimiento de las limitaciones que enfrenta. En el aspecto económico dará comienzo a la gestión y la política económica es prospectiva, solo mira para adelante, y se irá construyendo paso a paso, revisando prioridades, corrigiendo rumbos, y decidiendo permanentemente en un ámbito de incertidumbre, algo que recalibrará día a día.
El votante debe prestar atención a lo que se promete y también a los dilemas que deben resolverse. Uno de los más persistentes es el que enfrenta la equidad con la eficiencia, una tensión tan antigua como la propia organización de las sociedades. La modernidad tendió a asociar la equidad con la izquierda y la eficiencia con la derecha.
La educación pública y la atención de la salud gratuitas en Argentina son ejemplos de políticas orientadas a la equidad mientras que la eficiencia, exige preguntarse si los recursos se utilizan de la mejor manera posible. En México hace una semana Fabián Lombardo, presidente de Aerolíneas expresó: “Procesos que se podían realizar con dos personas los hacíamos con cuatro” mostrando la relevancia de la eficiencia y agregó: “Hoy estamos volando y facturando más con 2200 personas menos”.
La vieja tensión entre equidad y eficiencia queda en manos de quien gobierna y sería deseable que el próximo Presidente lograra construir una sociedad más eficiente y, al mismo tiempo, más equitativa. Es una aspiración razonable, aunque mucho más fácil de expresar que de concretar. Precisamente por eso, la responsabilidad de quien gobierna consiste en encontrar un equilibrio posible entre ambos dilemas.
La historia no se repite, sin embargo ayuda a la toma de decisiones. Releyendo el libro de Aldo Ferrer de Economía Argentina del año 1963 el autor luego de caracterizar la primera etapa como: “economías regionales de subsistencias” (siglos XIV a XVIII) y una segunda etapa “de transición” (siglo XVIII a 1860) con la producción de cuero y ganadería mencionaba la tercera etapa “de la economía primaria exportadora” (1860 a 1930) caracterizada con crecimiento desequilibrado que acompañó la expansión de las corrientes migratorias y la radicación de capitales extranjeros de fines del siglo XIX presionado por la instalación de frigoríficos, la irrupción del ferrocarril, la difusión del alambrado, que transformaron la producción y la organización del territorio, aunque sus beneficios no se distribuyeron de manera uniforme. La experiencia argentina muestra, por tanto, que el crecimiento desigual no es una novedad. La heterogeneidad productiva y regional ha formado parte de nuestra historia económica.
Lo justo o injusto ¿quien lo mide? ¿con qué parámetros? ¿analizamos las reglas o somos bilardistas y nos detenemos en los resultados?. Dice Michael Parkin “En el siglo XIX hubo una gran emoción cuando los economistas pensaron que habían hecho el increíble descubrimiento de que la eficiencia requería igualdad de ingresos.”
La idea que sólo la igualdad produce eficiencia se conoce como utilitarismo que lucha por obtener “la mayor felicidad para el mayor número de personas” con mentes brillantes que impulsaron esta idea como David Hume, Adam Smith, Jeremy Bentham y John Stuart Mill entre otros. Pensaban que para lograr “la mayor felicidad” había que transferir ingresos de los ricos a los pobres hasta el punto en que se igualaran de manera que no hubiera más ni ricos, ni pobres.
Hasta ahí, todo parece simple, pero alguien observa “las transferencias tienen un costo”. La cuestión se vuelve más compleja cuando incorporamos los costos de la redistribución. Solo se puede transferir si se gravan los ingresos y los trabajadores tenderían a trabajar menos. Ya tenemos una distorsión porque si la cantidad de trabajo es menor a la eficiente, lo mismo sucederá con el capital y la torta económica se contrae.
Para transferir ingresos es necesario recaudar impuestos. Y los impuestos modifican las decisiones de las personas y las empresas: ¿cuánto trabajar, cuánto invertir, qué producir o qué actividad emprender?. Si esas modificaciones reducen la actividad económica por debajo de su nivel potencial, la riqueza total de la sociedad puede disminuir.
A esta fuente de ineficiencia se agrega una segunda. El dinero que se le retira a una persona rica no se transfiere íntegra, y directamente a una persona pobre. Hay que crear un sistema que administre las transferencias y aparece el sistema fiscal, que debe solventarse con parte de los impuestos cobrados. Los contribuyentes destinan tiempo y dinero al cumplimiento de sus obligaciones, contratan contadores, auditores, abogados, para practicar las liquidaciones, es decir personal especializado que podrían utilizarse alternativamente en la producción de bienes que las personas valoran. Y la cadena de distorsiones continúan
Así, la discusión sobre equidad y eficiencia deja de ser una oposición abstracta entre dos principios teóricos. Se convierte en un problema concreto de diseño de políticas públicas. El problema son los excesos. Si un gobierno (como el actual) profundiza el achicamiento del estado, fomenta la competencia, abre la economía, en el corto plazo puede caer en recesión, aumentar el desempleo y generar un clima social que no le permita ser reelegido y así nunca llegar al “largo plazo” donde daría frutos su política. Mientras que por el contrario, en un gobierno que trata de ser equitativo, por ejemplo para que no haya desempleo al absorber trabajadores en el Estado o en empresas públicas en una economía cerrada le hace perder productividad a la actividad. En 2023 el PBI per cápita es menor al del 2011. Por ende no se trata solamente de decidir cuánto redistribuir, sino de establecer cómo hacerlo, a qué costo, con qué resultados y con qué efectos sobre los incentivos.
Los excesos son problemáticos porque pueden caer en populismos, fundamentalmente cuando las medidas que se implementan no son sostenibles en el tiempo.
Dice Jorge Liotti “Los procesos políticos y económicos se desenvuelven a partir de hechos y datos constatables, pero también por percepciones y expectativas etéreas. Se construyen a partir de indicadores fácticos, pero cobran dimensión en la subjetividad de las sociedades. Se edifican en esas sensaciones de que un país está bien o mal, o de que un programa de gobierno puede considerarse exitoso o no.” Con posible final abierto, ha comenzado la campaña, y en un año ejercitaremos el derecho a decidir nuestro futuro, felices de hacerlo independientemente del resultado.
José Luis Stella
Licenciado en Economía
26 de octubre de 2026