Qué leo hoy: Siete casas vacías de Samanta Schweblin

Samanta Schweblin nació en Buenos Aires el 8 de marzo de 1978, (48 años). Siendo una escritora muy joven, todavía lo es, obtuvo en 2012 la beca de residencia artística del Servicio Alemán de Intercambio Académico, otorgada por el Gobierno alemán para instalarse en Berlín. Esta estancia le brindó el tiempo necesario para escribir y publicar las novelas “Distancia de rescate” (2014) —adaptada al cine por Claudia Llosa— y “Kentukis” (2018) que pone el acento en el voyeurismo, la intimidad y la tecnología, además del cuento más reciente “El buen mal” (2025).

Anteriormente, había publicado “El núcleo del disturbio” (2002), libro de cuentos ganador del concurso del Fondo Nacional de las Artes; “Pájaros en la boca y otros cuentos” (2008/2009), galardonado con los premios Casa de las Américas y Juan Rulfo, que consolidó su voz en la narrativa fantástica y perturbadora; y “La furia de las pestes” (2008).

“Siete casas vacías” (2015), la recomendación de hoy, recibió el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Aunque la obra reúne siete relatos, el manuscrito original sólo incluía seis inéditos para cumplir con las bases del concurso. El séptimo relato, «Un hombre sin suerte», que ya había ganado el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 2012, se incorporó posteriormente durante el proceso de edición.

Se trata de un libro de cuentos realistas, parte de cuestiones cotidianas y a los lectores la autora les deja vacíos con la posibilidad de pensar y que el lector complete la historia. Lo extraño, lo anormal, incluso lo absurdo y lo siniestro, tejen una atmósfera de misterio en la trama que rodea a los personajes. Un simple juego de convencionalismos que funciona muy bien. En un reportaje, Samanta dice: “Soy una cuentista nata y eso es algo que no tiene solución. Pienso mucho sobre que voy a escribir, juego con las voces y hasta que no entiendo muy bien, al menos a nivel emocional por dónde va el cuento, no me siento a escribir.”

El título de esa entrevista en el número 77 de la revista Quid es: “Con el latido de la tensión” y es que en cada cuento, ella necesita que aparezca esa tensión, el peligro inminente de algo que puede o no suceder. Salvando las distancias, algo similar a los cuentos de Raymond Carver o de Claire Keegan entre otros.

Los personajes del libro están perdidos en una situación con la que llevan tiempo luchando, su ineptitud para afrontarla con métodos convencionales los arrincona hasta transportarlos a una situación límite. Es entonces cuando dan un paso al costado o buscan soluciones fuera de lo habitual, otra vez atravesando las fronteras, incluso en el terreno de la locura, y es ahí donde encuentran una forma de enfrentarse a su día a día. ¡Cuántas veces las cosas malas que nos suceden nos hacen cambiar!.

Este es uno de los hilos conductores de los cuentos, hay veladamente un terror psicológico, junto a la familia, los hijos, las ausencias y, por supuesto, las casas, una geografía común a todos. Las historias suceden en una zona periférica bonaerense, la autora, sin decirlo, nos lleva al barrio de Hurlingham donde predomina el verde, veredas de pasto, terrenos baldíos, casas con mucho espacio de jardín. Hay un ruido fatalista en la incomunicación de los personajes, en comunicarse con el otro, se podría decir que los personajes comparten vecindario, que cualquiera de ellos se podría cruzar con otro en cualquier momento.

Estar fuera de los límites es otro hilo conductor, con las casas ocurre algo parecido, ya que las historias transcurren, en gran medida, en el límite externo de la casa. El jardín, el garaje o la entrada forman parte de esta zona exterior o cercana a él, por ello, las casas están vacías durante el desarrollo de la historia.

A continuación, hago una sinopsis de cada cuento:

Nada de todo esto: Una madre y su hija recorren vecindarios para ingresar sin permiso a casas ajenas bajo pretextos absurdos. Con total naturalidad, la madre se pasea por los inmuebles y se lleva objetos para guardarlos en su propia casa. Ante el desconcierto de los propietarios, la hija asiste avergonzada a este ritual frecuente en una historia tan absurda que hasta puede resultar divertida.

Mis padres y mis hijos: Durante unas vacaciones familiares, una pareja divorciada vuelve a reunirse junto a sus hijos. Están presentes la nueva pareja de ella y los abuelos paternos. La convivencia se tensiona cuando los ancianos, afectados por un deterioro cognitivo, comienzan a correr desnudos por el jardín, despertando el temor de la madre ante la reacción que esto provocará en los niños.

Para siempre en esta casa: Una madre intenta desprenderse del duelo arrojando la ropa de su difunto hijo al jardín contiguo, mientras el padre acude obsesivamente a rescatarla. Este ritual compartido terminará forjando una desconcertante cercanía entre la protagonista y sus vecinos.

La respiración cavernaria: Lola, una anciana acosada por el declive de su memoria y el deseo inalcanzable de morir, vive volcada en el control absoluto de sus pertenencias. Su frágil e invariable rutina (etiqueta objetos de forma compulsiva), se fractura cuando la llegada de unos nuevos vecinos altera la dinámica del hogar.

Cuarenta centímetros cuadrados: Al salir de noche en busca de una farmacia para comprarle aspirinas a su suegra, una mujer, en bata, termina desorientada en la ciudad. Mientras deambula a oscuras, evoca las confesiones de su suegra sobre el vacío existencial, descubriendo con terror que esa misma sensación se ha apoderado de ella.

Un hombre sin suerte: El día del cumpleaños de una niña, su hermana pequeña bebe accidentalmente lavandina y debe ser llevada de urgencia al hospital. Durante la espera en la guardia, la niña conoce a un desconocido con quien entabla una relación ambigua y desconcertante, marcando un momento de inocencia confrontada con la mirada adulta.

Salir: Incapaz de sostener una conversación con su marido al salir de la ducha, una mujer decide marcharse abruptamente a la calle vestida solo con una bata y una toalla en la cabeza. En su huida de la rutina doméstica y de las normas sociales, la acompaña de forma imprevista el encargado de mantenimiento del edificio.

Samanta Schweblin, creó un estilo particular que fusiona el gótico sureño estadounidense con William Faulkner como principal exponente, y la literatura rioplatense representada principalmente por Julio Cortazar. Visualmente enfoca algo que puede ser la cocina de una casa, una relación de pareja, o un momento entre unos niños y sus abuelos donde uno pensaría que no hay mucho para contar, sin embargo ella como dice Flavia Pittella “mueve la lente, y al moverla desenfoca la atención de lo que uno ve y te hace ver el costado que raya con lo disfuncional, con lo que no se cuenta, con lo extraño, con los secretos”.

Juan Laureano Sercov

8 de noviembre de 2026