Qué leo hoy: Rebelión en la granja de George Orwell

“Rebelión en la granja”, publicada en 1945, es una maravillosa novela corta y, una fábula política sobre el poder y la corrupción de las ideas. Como ocurre con El Principito, es uno de esos libros que pueden leerse en momentos diferentes de la vida: durante la adolescencia o juventud, cuando se sigue, de corrido, la historia y sus personajes; y más adelante, con mayor experiencia, una segunda lectura permite descubrir significados, símbolos y advertencias que quizá, habían pasado inadvertidos en la primer lectura.

La sencillez de su lenguaje es, precisamente, una de sus mayores virtudes. Orwell consigue explicar mediante animales y situaciones aparentemente simples cuestiones tan complejas como el poder, la propaganda, la manipulación del lenguaje, la desigualdad y la corrupción de los ideales revolucionarios. Su esposa, Eileen O’Shaughnessy, era psicóloga y trabajaba con niños. Esa cercanía con el mundo infantil pudo haber influido para abordar, mediante un lenguaje accesible, un asunto político y filosófico de tanta profundidad.

Javier Cortines señala que, más allá de la habitual interpretación de Rebelión en la granja como sátira del estalinismo, la obra denuncia en un sentido más amplio, los sistemas que esclavizan, engañan y explotan a las clases inferiores. Su lectura resume ese recorrido con una imagen poderosa: “se abre en rojo, transita por todos los colores y se cierra con el matrimonio con el becerro de oro”.

Una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre dos clases de personas: aquellas que piensan por sí mismas y aquellas que se limitan a repetir lo que escuchan. En Rebelión en la granja, los cerdos representan a quienes elaboran y administran las ideas, mientras que las ovejas repiten consignas una y otra vez, hasta convertirlas en una herramienta de sometimiento. Son, en cierto modo, pensamientos prestados, ecos de otras mentes. Para un gobernante, nada resulta más conveniente que una multitud que ha renunciado a pensar.

En esta misma línea hay un vínculo con algunas de las reflexiones de Hannah Arendt sobre el trabajo, la obediencia y la condición humana. La imagen del burro, la noria, el palo y la zanahoria resumen, de manera brutal, el mecanismo mediante el cual se mantiene en movimiento a quien trabaja sin cuestionar hacia dónde se dirige.

George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair, nació el 25 de junio de 1903 en Motihari, India, en el entonces Raj británico. En 1927 publicó “Días de Birmania”, novela en la que describió las arbitrariedades y contradicciones del imperialismo británico. Era partidario de una forma democrática de socialismo. Participó en la Guerra Civil española, experiencia que marcó profundamente su pensamiento y quedó plasmada en Homenaje a Cataluña, donde narró sus vivencias y el idealismo de quienes participaron en la lucha, pero también las divisiones internas, la propaganda y la persecución política que presenció.

En Rebelión en la granja, el relato comienza en la Granja Manor, propiedad del señor Jones, un granjero autoritario, negligente y alcohólico. La granja parece atrapada en una rutina de abuso. Jones bebe demasiado, descuida a los animales, les proporciona apenas el alimento necesario para mantenerlos con vida. Ellos trabajan largas jornadas, viven en condiciones precarias y, cuando dejan de ser útiles, son enviados al matadero. Hasta que una noche se enciende una chispa.

El Viejo Mayor, un cerdo de doce años, respetado por todos los animales, convocó a la asamblea. Se reúnen caballos, yeguas, gallinas, patos, ovejas, palomas, cabras, burros, perros y cerdos. El Viejo Mayor les habla de sus vidas breves, duras y agotadoras, y de la injusticia de trabajar hasta consumir todas sus fuerzas para beneficio de otro. Su razonamiento es sencillo y demoledor: el ser humano consume sin producir lo que los animales producen. No pone huevos, no da leche, no tira del arado ni corre lo suficiente para cazar, pero se ha convertido en dueño de quienes sí trabajan.

La idea queda sembrada. Pocos días después, el Viejo Mayor muere, pero sus palabras permanecen. La semilla de la rebelión prende y, finalmente, los animales expulsan al señor Jones y toman el control de la granja. Al principio todo parece posible. Los animales creen haber conquistado la libertad. Se trabaja para beneficio de todos y las cosechas se distribuyen equitativamente. Por primera vez sienten que son dueños de su propio destino. La revolución tiene sus principios, sus símbolos y su doctrina: el Animalismo. Entre sus consignas destaca una frase sencilla que las ovejas repetirán incansablemente: “Cuatro patas sí, dos pies no”.

Al frente de la nueva sociedad aparecen dos figuras principales: Napoleón, que podría representar a Stalin, y Bola de Nieve, asociado a Trotski. Junto a ellos está Chillón, el gran propagandista, capaz de transformar la mentira en verdad mediante el uso de la palabra. Su especialidad consiste en convencer a los demás de que lo negro puede convertirse en blanco simplemente cambiando la forma de contarlo. Los siete mandamientos escritos en la pared del establo parecen garantizar el nuevo orden. El último es contundente: “Todos los animales son iguales”.

Poco a poco la igualdad comienza a erosionarse. Y allí arranca la verdadera tragedia. Los cerdos que tienen los hilos del gobierno se reservan los mejores alimentos. Ocupan privilegios que antes estaban prohibidos. Cuando aparecen las primeras voces de protesta, Napoleón dispone de una fuerza de perros feroces, entrenados para obedecer y matar. El miedo sustituye al entusiasmo revolucionario. Lo que había nacido como una promesa de libertad comienza a convertirse en otra forma de opresión.

Aparece aquí una de las grandes enseñanzas de Orwell: las revoluciones no necesariamente fracasan cuando desaparecen sus ideales, sino cuando quienes las conducen consiguen apropiarse de ellos, modificar su significado y convencer a los demás de que nada ha cambiado.

La igualdad ha dejado de ser un principio y se ha convertido en una herramienta de poder. Quizás una de las mayores virtudes de Rebelión en la granja sea que Orwell no se limita a contar la corrupción de una revolución: muestra cómo esa corrupción se vuelve posible. El poder no necesita solamente controlar los cuerpos. Necesita controlar las palabras, la memoria y la interpretación de los hechos.

Chillón modifica el relato de lo ocurrido. Los mandamientos cambian. Los animales empiezan a dudar de sus propios recuerdos. Lo que ayer era una verdad indiscutible mañana puede convertirse en una mentira, y lo que nunca ocurrió puede ser presentado como un hecho histórico. De esta manera, Orwell anticipa uno de los grandes problemas políticos del siglo XX: cuando el poder controla el lenguaje, también puede controlar la memoria.

No es únicamente una sátira de la Unión Soviética de Stalin, aunque sea uno de sus referentes centrales. Es una advertencia sobre cualquier sistema en el que el poder borra la memoria colectiva, vacía de significado las palabras, transforma la verdad y convierte la igualdad en una ilusión.

La novela puede leerse en relación con los grandes regímenes totalitarios del siglo XX —el nazismo alemán, el fascismo italiano, el estalinismo soviético y la Revolución Cultural China de Mao—, pero su advertencia no queda encerrada en una época determinada. Allí donde el poder se vuelve absoluto, la tentación de manipular la verdad y convertir a los ciudadanos en súbditos vuelve a aparecer.

Resulta fascinante investigar qué ocurrió con el libro y cómo fue utilizado políticamente durante la Guerra Fría. Conocer la historia de su difusión en Estados Unidos y el papel que tuvieron los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses en la promoción de la obra como instrumento de propaganda anticomunista. Lo señala Ian McEwan, uno de mis autores preferidos, quien ha reflexionado extensamente sobre Orwell y sobre la vigencia de su pensamiento.

Esto agrega una nueva capa de ironía: un libro escrito para advertir sobre la manipulación ideológica terminó siendo utilizado, en determinados contextos, como una herramienta dentro de la propia batalla ideológica que Orwell había observado con tanta desconfianza.

Orwell escribió Rebelión en la granja para mostrar cómo los ideales pueden ser traicionados cuando el poder queda concentrado en pocas manos. Pero también quiso mostrar algo todavía más inquietante: cómo la historia puede ser deformada cuando quienes gobiernan consiguen controlar el lenguaje. Los animales no solo pierden sus derechos. Pierden, poco a poco, la capacidad de recordar cómo eran las cosas antes.

En una próxima oportunidad recomendaré “1984”, otra obra monumental de George Orwell, quien murió en Londres el 21 de enero de 1950, apenas unos años después de publicar esta pequeña gran fábula que, detrás de su aparente sencillez, contiene una de las advertencias políticas más poderosas de la literatura contemporánea.

Juan Laureano Sercov

18 de octubre de 2026