Qué leo hoy. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry pasó quince meses en Argentina como aviador, escritor y guionista. El sitio Argentina.gob.ar destaca este período de su vida y recuerda que nació el 29 de junio de 1900 en Lyon, en el seno de una familia aristocrática venida a menos. Huérfano de padre desde los cuatro años, se trasladó al castillo familiar de Saint Maurice de Remens, cuyas vivencias marcarían profundamente su obra. Educado en colegios jesuitas y maristas, desde muy joven fue un apasionado lector de Baudelaire, Balzac y Dostoievski.

Tras no lograr ingresar a las escuelas Central y Naval, inició estudios de Arquitectura en Friburgo, aunque los abandonó en 1921 para incorporarse a las Fuerzas Aéreas Francesas. Allí se formó como piloto y fue destinado inicialmente a Marruecos. Más tarde desempeñó diversos trabajos en fábricas y ventas, sin llegar a sentirse plenamente identificado con la vida en las grandes ciudades donde residió.

Su etapa argentina comenzó el 12 de octubre de 1929, cuando arribó a Buenos Aires como director de la filial local de Aéropostale. Su misión consistía en organizar las operaciones de la compañía en América Latina y establecer las líneas aéreas hacia Comodoro Rivadavia y Río Gallegos. Aquella experiencia inspiró “Vuelo nocturno”, publicada en 1931 y distinguida con el Premio Femina, una novela de tono casi premonitorio respecto de su propio destino. En 1933 fue llevada al cine por Clarence Brown, con las actuaciones de John Barrymore y Clark Gable. Durante sus primeros meses en Buenos Aires compartió alojamiento con sus colegas Henri Guillaumet y Jean Mermoz, este último reconocido como el primer piloto en cruzar el Atlántico por vía aérea.

Se cuenta que frecuentaba los cabarets Tabarís y Armenonville para disfrutar del tango. En una librería de la calle Florida entabló una estrecha amistad con el cineasta Luis Saslavsky, a quien incluso recomendó ante la Metro-Goldwyn-Mayer. Gracias a esa relación conoció a María Rosa Oliver y a Victoria Ocampo. De aquellos años se conserva un fragmento de una carta dirigida a un amigo, que refleja su sensibilidad frente al desarraigo: “Es encantador viajar, pero usted no sabe lo que se siente al ir a vivir a otro continente. Uno conserva la idea de volver y de reencontrar todo en su lugar, pero sabe que es imposible. Uno no quiere que la vida se apure tanto y que borre las huellas del pasado tan rápido”.

Como piloto, Saint-Exupéry inauguró los tramos patagónicos de la empresa. El 1 de noviembre de 1929 realizó el vuelo inaugural hacia Comodoro Rivadavia transportando el correo oficial proveniente de Europa y, el 31 de marzo de 1930, extendió la ruta hasta Río Gallegos. Fascinado por la inmensidad de la Patagonia y los paisajes del extremo sur —la cordillera, la estepa, los bosques y el litoral marítimo—, unió ciudades como Bahía Blanca, Viedma, Trelew, Puerto San Julián y Puerto Deseado.

Uno de los episodios más recordados ocurrió cuando Henri Guillaumet desapareció durante una tormenta en la cordillera. Saint-Exupéry sobrevoló incansablemente la zona en su búsqueda hasta que, una semana después, su compañero logró reaparecer con vida. Aquella experiencia dio origen a una de las cartas que posteriormente incorporó en “Tierra de hombres”, obra galardonada en 1939 con el Gran Premio de la Academia Francesa.

En otro vuelo de reconocimiento sobre Concordia, provincia de Entre Ríos, quedó profundamente impresionado por el Castillo San Carlos y por quienes habitaban aquel lugar. Esa vivencia dio origen al relato “Princesas argentinas”, publicado en 1932 en la revista Marianne, y más tarde reapareció como el capítulo «Oasis» de Tierra de hombres: “Tanto os hablé del desierto que antes de seguir hablando de él me gustaría describir un oasis. La imagen que tengo de él no está perdida en el fondo del Sahara (…) era cerca de Concordia, en la Argentina, pero hubiera podido ser en cualquier otro lugar: de tal modo está difundido el misterio”.

Este episodio también inspiró un proyecto de guión para Jean Renoir y fue adaptado al formato audiovisual en 1994 por Danilo Lavigne. Diversos especialistas sostienen que esta experiencia argentina dejó huellas profundas en su obra literaria, incluso en El Principito. Señalan similitudes como el aterrizaje del aviador en un sitio desconocido, y la especial relación del protagonista con los animales, particularmente con la serpiente.

El 7 de abril de 1930, Saint-Exupéry recibió en la Embajada de Francia en Buenos Aires la insignia de Caballero de la Legión de Honor, en reconocimiento a su actuación en el Sahara español y a su aporte al desarrollo de la aviación comercial. En septiembre de ese mismo año conoció en Buenos Aires a la artista salvadoreña Consuelo Suncín, amiga del presidente Hipólito Yrigoyen. Ambos contrajeron matrimonio en Francia en abril de 1931. Tras la quiebra de la empresa para la que trabajaba, Saint-Exupéry no volvió a la Argentina. Durante la Segunda Guerra Mundial se reincorporó a la aviación francesa en 1943 y desapareció el 31 de julio de 1944 mientras cumplía una misión sobre el mar Mediterráneo. Su obra póstuma e inconclusa, “La ciudadela”, fue publicada en 1948.

Se estima que El principito ha vendido más de 140 millones de ejemplares en todo el mundo y el libro ha sido traducido oficialmente a más de 382 idiomas y dialectos, lo que lo convierte en una de las obras literarias más difundidas de la historia.

Más allá de su enorme éxito editorial, El principito propone una reflexión profunda sobre lo verdaderamente esencial. La obra gira en torno a la amistad, el amor, la responsabilidad y la capacidad de conservar la mirada de la infancia. La dedicatoria a Léon Werth «cuando era niño» anticipa una de las grandes paradojas del libro: está dirigido a los adultos, precisamente porque han olvidado aquello que los niños comprenden con naturalidad.

Desde las primeras páginas aparece esa oposición entre la lógica adulta y la imaginación infantil. El dibujo de la boa que digiere un elefante, interpretado por los mayores como un simple sombrero, simboliza la incapacidad de ver más allá de las apariencias. Así, Saint-Exupéry plantea que lo esencial permanece invisible para los ojos y solo puede percibirse con el corazón.

La obra constituye una alegoría de la condición humana. El desierto representa el espacio del silencio y de la introspección, donde el aviador, obligado a detenerse por una avería mecánica, encuentra al misterioso niño que le formula un pedido tan sencillo como extraordinario: «Por favor… dibújame un cordero».

El Principito proviene del asteroide B-612 —una denominación que, irónicamente, satisface el gusto de las personas mayores por las cifras—. Allí cuida diariamente los baobabs, tarea rutinaria pero indispensable para preservar su pequeño mundo. También relata cómo la aparición de una flor, hermosa, coqueta y vulnerable, alteró para siempre la serenidad de su universo. Incapaz de comprenderla, decidió emprender un viaje.

Ese recorrido lo enfrenta con una serie de personajes que representan distintos rasgos y debilidades del mundo adulto. El rey simboliza la obsesión por el poder; el vanidoso, la necesidad permanente de reconocimiento; el bebedor, el escapismo; el hombre de negocios, la acumulación material y la confusión entre cantidad y valor; el farolero, la alienación producida por una rutina sin sentido; y el geógrafo, el conocimiento puramente teórico, construido a partir de relatos ajenos y no de la experiencia propia.

Finalmente llega al séptimo planeta: la Tierra. Allí descubre que existen innumerables personas semejantes a aquellas que conoció en los otros asteroides: reyes, geógrafos, hombres de negocios, ebrios y vanidosos. También encuentra un jardín repleto de rosas y comprende, con tristeza, que su flor no era la única de su especie. Ese descubrimiento pone en crisis todo aquello que creía.

El punto culminante del relato llega con la aparición del zorro, quien se convierte en el verdadero maestro espiritual de la obra. A través del proceso de «domesticarse» —es decir, crear vínculos— le enseña que el valor de una persona no depende de su singularidad objetiva, sino del tiempo, el amor y la dedicación que otro le entrega. De él proviene la enseñanza más célebre del libro: «Lo esencial es invisible a los ojos».

Después de comprender esta verdad, el Principito regresa al encuentro de la serpiente para emprender el regreso a su planeta. El desenlace no representa un final trágico, sino el retorno al hogar, a los afectos y a aquello que da sentido a la existencia. En ese recorrido, Saint-Exupéry propone una invitación permanente a recuperar la capacidad de asombro, a valorar los vínculos y a reconocer que la verdadera plenitud nace de aquello que no puede medirse ni verse, sino únicamente sentirse.

Juan Laureano Sercov

04 de octubre de 2026