
Leopoldo Marechal fue poeta, ensayista y una de las figuras más originales de la vanguardia argentina. Nació en 1900, el mismo año en que comenzaba el nuevo siglo, y su obra puede leerse como un vasto fresco de la primera mitad del siglo XX.
Adán Buenosayres es una novela ambiciosa, barroca y modernista, de fuerte inspiración neoplatónica, que aspira a abarcar la totalidad de la experiencia humana; por ello suele considerársela una novela total. Integra reflexión filosófica, exploración espiritual, humor y una audaz experimentación formal.
Cuando fue publicada en 1948, pasó casi inadvertida y fue recibida con indiferencia o abierta hostilidad. Quedó atrapada entre las divisiones políticas y literarias que acompañaron la irrupción del peronismo. Los escritores del grupo Martín Fierro —a quienes estaba dedicada y que entonces orbitaban alrededor de la revista Sur— no le perdonaron a Marechal su acercamiento al peronismo. Entre ellos, Jorge Luis Borges. El distanciamiento fue tan profundo que la mayoría optó por el silencio, mientras otros, como Eduardo González Lanuza, la descalificaron como una mala imitación del Ulises de James Joyce. Paradójicamente, el propio peronismo tampoco terminó de aceptar a Marechal debido a su profundo catolicismo.
Cuenta Julio Cortázar que: “la conducta política de Marechal era insensata y cuando sale Adán Buenosaires, la lectura se hizo en términos políticos y los más conocidos escritores del momento, Eduardo Mallea, por ejemplo, reaccionaron violentamente contra el libro, le encontraron todos los defectos imaginables, no vieron ninguna de sus cualidades. Entre tanto me había deslumbrado, dejé de lado mi opinión política y descubrí a un gran escritor”. Escribí en la revista Realidad: “La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura, un signo merecedor de atención y expectativa. Durante quince días fui amenazado e insultado telefónicamente por el artículo que publicó Francisco Ayala”.
La historia comienza con un entierro y tiene como modelo el Ulises (1922), de James Joyce, que a su vez se inspira en la Ilíada y Odisea de Homero. Así como Joyce convirtió a Dublín en escenario de una epopeya cotidiana, Marechal hizo lo propio con Buenos Aires. La influencia ha sido largamente discutida: César Aira llegó a definir la novela como un «calco» del Ulises, mientras otros críticos destacan la originalidad con que ese modelo fue adaptado a la realidad argentina. Hay una diferencia esencial entre ambos autores que es teológica: Joyce descree y convierte el catolicismo irlandés en objeto de parodia; en Marechal, por el contrario, la fe católica impregna toda la obra y orienta su búsqueda de trascendencia.
La acción sigue a Adán Buenosayres durante tres días de recorridos por la ciudad que deja de ser un simple escenario para convertirse en un personaje más. Son memorables las páginas dedicadas al barrio de Saavedra, poblado de comerciantes, inmigrantes, vagabundos y buscavidas como muestras claras de la diversidad cultural. El nombre del protagonista tiene un origen personal. Adán remite al primer hombre; Buenosayres nació de una anécdota de juventud. Aunque Marechal había nacido en Buenos Aires, pasó parte de su infancia en Maipú. Cuando regresaba para reunirse con sus amigos, estos anunciaban su llegada diciendo: «Llegó Buenos Aires», expresión que inspiró el nombre del personaje.
Uno de los aspectos más fascinantes es la presencia de numerosos retratos ficcionalizados de figuras de la generación de Martín Fierro. Schultze está inspirado en Xul Solar; Pereda, en Jorge Luis Borges; Samuel Tesler, en Jacobo Fijman; Bernini, en Raúl Scalabrini Ortiz. El propio Adán constituye el alter ego de Marechal, mientras que Solveig Amundsen, el amor idealizado del protagonista, evoca a Norah Lange y, al mismo tiempo, a Beatriz de Dante.
No extraña que muchos de los retratados se sintieran incómodos con el libro ya que Marechal comenzó a escribirlo en 1929, durante una estancia en París, y lo concluyó casi veinte años después. Aquellos jóvenes vanguardistas retratados con humor, eran en 1948, respetables señores de saco y corbata. De allí la dedicatoria original: «A mis camaradas martinfierristas, vivos y muertos, cada uno de los cuales bien pudo ser un héroe de esta limpia y entusiasmada historia», que el autor eliminaría en ediciones posteriores.
La estructura posee un elaborado simbolismo. Comienza con un «Prólogo indispensable» donde se anuncia la muerte de Adán, aunque nunca se explica cómo ocurrió. Las cinco primeras partes narran sus tres últimos días; los dos libros finales: El Cuaderno de tapas azules y Viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia, adquieren autonomía narrativa y aparecen como escritos por el propio protagonista. Especialmente célebre es el descenso a Cacodelphia, brillante parodia del infierno dantesco guiada por Schultze, dónde humor, sátira y reflexión filosófica alcanzan algunos de los momentos más originales de la novela.
Leí Adán Buenosayres de un tirón hace unos treinta años y, como yo, cualquiera puede hacerlo. Sin embargo, la verdadera profundidad de la obra se advierte en Cuaderno de Navegación, especialmente en el capítulo VII, «Claves de Adán Buenosayres» (1966), dedicado (o en respuesta) a Adolfo Prieto. Allí Marechal explica, entre otras cosas, que: «El quimono del Samuel Tesler, por ejemplo, está descripto con la técnica y la intención que pone Homero al pintar el escudo de Aquiles en su Ilíada.» «El viaje “de ida” por la calle Gurruchaga es el movimiento “centrífugo” del héroe que, abandonando la unidad de su mundo interior, va en busca de Solveig.» «La muerte de aquella Solveig terrenal, el héroe construye con sus despojos a la Solveig Celeste; y esa transmutación se describe en el Cuaderno de Tapas Azules, cuya filiación ha de buscarse, precisamente, en la Vita Nuova del maestro florentino.» «El viaje de vuelta» representa el movimiento «centrípeto» del héroe. «Adán y Tesler, al iniciarse la obra, se utiliza la técnica del “combate con el dragón”; en esa misma escena se interpola una biografía total de Samuel Tesler, a lo burlesco, parodiando las de Diógenes Laercio en su Vida de Filósofos Ilustres.»
Estas claves revelan una arquitectura simbólica cuya riqueza aprecian plenamente aquellos con conocimientos de filosofía, literatura clásica y lenguas antiguas. Marechal concebía la novela como una epopeya de la vida cotidiana construida sobre el simbolismo del viaje entendido como camino de realización espiritual. Homero, Platón, San Agustín, Cervantes, Rabelais y Aristóteles le ofrecieron el sustento intelectual para una obra donde conviven filosofía, humor, poesía, historia, metafísica y vida cotidiana. Marechal escribe: “Desde mi juventud y habiendo sido yo un adolescente melancólico, admiré la alegría que se traduce por un humorismo sin venenos del alma; por lo cual, en adelante, medité sobre “lo cómico” a la luz de Aristóteles, hasta concebir la posibilidad de una “catarsis por la risa”. Tempranas lecturas de Rabelais dejaron en mí el gusto de un humor sin agresiones que oculta un sentido profundo bajo su máscara “tremendista”.”
Quince años después, la aparición de Rayuela (1963) llevó a varios críticos a señalar la posible influencia de Adán Buenosayres sobre la novela de Cortázar. Paralelamente, Marechal publicó El banquete de Severo Arcángelo (1965), y su obra comenzó a ser reconocida como un clásico que había llegado demasiado temprano para ser comprendido.
Tras el golpe de 1955 vivió un prolongado aislamiento, al que él mismo llamó «ostracismo interno». Permaneció alejado de los principales círculos intelectuales, aunque nunca dejó de escribir. En 1966 publicó varios libros y viajó a Cuba para integrar, junto con Julio Cortázar y José Lezama Lima, el jurado del prestigioso Premio Casa de las Américas. Su última novela, Megafón o la guerra, ya estaba en imprenta cuando murió, en 1970.
El crítico Pedro B. Rey señaló que Marechal no dejó discípulos directos. Como poeta evolucionó del ultraísmo al poema extenso; escribió numerosas piezas teatrales, aunque pocas llegaron a los escenarios; y en su narrativa desarrolló una singular síntesis de metafísica neoplatónica, espiritualidad católica, humor, sátira y parodia. Él mismo llamó a ese tono inconfundible «humor angélico».
Más que una novela urbana, Adán Buenosayres es una educación sentimental y metafísica, una epopeya de la vida cotidiana y una de las expresiones más ambiciosas de la narrativa argentina del siglo XX. Como suele decirse de las grandes obras, es un libro que sólo podía escribirse una vez. En homenaje a un autor tan sólido, el Partido de General Pueyrredon le ha puesto su nombre a la Biblioteca Municipal.
Juan Laureano Sercov
27 de Septiembre de 2026