
Pocos escritores han alcanzado el prestigio universal de Lev Nikoláievich Tolstói. Para sus contemporáneos era una figura moral incluso más respetada que el propio Zar. Revolucionó la novela con La muerte de Iván Ilich, Guerra y Paz y Anna Karénina. Convirtió la literatura en una búsqueda permanente de la verdad, la justicia y el sentido de la existencia. Esa búsqueda alcanza uno de sus puntos más altos en Resurrección, su última gran novela.
Lev Nikoláievich Tolstói nació el 9 de septiembre de 1828 en Malnor Volkonsky, casa que ha desaparecido, y sus padres vivían en la finca de Yasnaia Poliana, en la provincia de Tula, a unos 200 kilómetros de Moscú. Pertenecía a una antigua familia aristocrática, eran cuatro hermanos y una hermana, pero quedó huérfano siendo muy pequeño y fue criado por sus tías. Estudió lenguas orientales y Derecho en la Universidad de Kazán, aunque abandonó ambas carreras sin graduarse.
Durante su juventud llevó una vida desordenada. Dilapidó buena parte de su fortuna en el juego, que lo llevaron a malvender su casa de Yasnaia Poliana, frecuentó los excesos propios de la nobleza rusa y atravesó un largo período de incertidumbre. En él se produce un cambio cuando sigue a su hermano Nikolái al Cáucaso para incorporarse al ejército. Participó en la Guerra de Crimea y presenció el horror del sitio de Sebastopol (octubre 1954 a septiembre 1955). Aquella experiencia marcó para siempre su sensibilidad y dio origen a sus primeros grandes textos. Los relatos sobre la guerra plasmados en sus primeras obras sorprendieron por el extraordinario realismo con que describen no sólo las operaciones militares, sino también el miedo, el sufrimiento y la degradación humana.
Los viajes por Europa ampliaron aún más su horizonte intelectual. Interesado por las nuevas corrientes pedagógicas, fundó una escuela para los hijos de los campesinos de Yásnaia Poliana y editó una revista dedicada a la educación. Al mismo tiempo profundizó la lectura de pensadores como Jean-Jacques Rousseau, Voltaire y Henry David Thoreau, cuyas ideas influyeron decisivamente en su pensamiento.
En 1862 contrajo matrimonio con Sofía Behrs, dieciséis años menor que él. En la víspera de la boda le entregó sus diarios personales para que ella conociera sin reservas su pasado. Tuvieron trece hijos, de los cuales sobrevivieron ocho. Durante esos años de intensa vida familiar escribió dos de las obras cumbre de la literatura universal: Guerra y paz (que originalmente se llamó La guerra y La paz) y Anna Karénina.
Sin embargo, el éxito no le proporcionó la paz espiritual que buscaba. A partir de la década de 1880 atravesó una profunda crisis religiosa y moral que transformó por completo su vida. Rechazó los privilegios de la aristocracia, defendió la pobreza voluntaria, el pacifismo, la no violencia, el trabajo manual y el vegetarianismo. Su lectura personal de los Evangelios lo llevó a cuestionar abiertamente a la Iglesia ortodoxa rusa, que en 1901 lo excomulgó. Para Tolstói, Jesús era ante todo un maestro moral que enseñaba el amor al prójimo, la compasión y el rechazo de toda violencia.
Esa transformación interior culminó literariamente en Resurrección, publicada en 1899. Más que una novela, constituye una profunda reflexión sobre la culpa, la redención y las injusticias de la Rusia imperial.
El protagonista, el príncipe Dmitri Nejliúdov, integra un jurado popular en los tribunales y descubre entre los acusados a Katiusha Máslova, una joven a la que había seducido y abandonado años atrás. La mujer, convertida en prostituta, es condenada injustamente por un crimen que no cometió. Conmovido por el remordimiento, Nejliúdov decide reparar el daño que le causó y acompañarla en su largo recorrido por el sistema penitenciario ruso.
A partir de esa historia, Tolstói realiza una crítica implacable de los tribunales, las cárceles, la burocracia, la nobleza y la Iglesia. Pero el verdadero centro de la novela no es la denuncia social, sino la transformación moral de su protagonista. La auténtica resurrección no es física ni religiosa: es el renacimiento de una conciencia que comprende, demasiado tarde, el daño causado a los demás.
Pocas novelas exponen con tanta fuerza el conflicto entre los privilegios de una clase social y la miseria de quienes viven excluidos de ella. Tolstói no ofrece soluciones sencillas; propone una revolución interior basada en la compasión, la responsabilidad individual y el amor al prójimo.
Esa preocupación ética convirtió a Tolstói en una de las figuras más influyentes de su tiempo. Sus ideas inspiraron a Mahatma Gandhi en la formulación de la resistencia pacífica y también dejaron una profunda huella en Martin Luther King Jr. Paradójicamente, pese a haber sido candidato al Premio Nobel de Literatura durante seis años consecutivos, nunca recibió el galardón.
La admiración que despertaba entre sus contemporáneos era inmensa. Cuando murió Fiódor Dostoievski, Tolstói confesó: «Nunca vi a ese hombre; sin embargo, cuando murió comprendí que era alguien muy cercano y muy querido».
Los últimos años de su vida estuvieron marcados por conflictos familiares y el deseo de desprenderse definitivamente de sus bienes materiales. En octubre de 1910 abandonó Yásnaia Poliana (finca que había recuperado, en una versión más modesta) en busca de una existencia más austera, pero enfermó durante el viaje. Murió el 20 de noviembre de 1910 en la estación ferroviaria de Astápovo. El reloj de la estación permanece detenido a las 6:05, la hora de su fallecimiento. Tal como había pedido, fue enterrado en Yásnaia Poliana, sin cruz ni monumento alguno.
Leer Resurrección es asistir al testamento espiritual de Tolstói. Si La muerte de Iván Ilich (1866) retrata la reflexión de un juez ante su inminente muerte, Guerra y paz (1869) representa la gran novela épica de la historia de varias familias aristocráticas y Anna Karénina (1877) la de las pasiones humanas poniendo en evidencia la hipocresía de la sociedad, Resurrección es la novela de la conciencia. En ella confluyen todas las preocupaciones que acompañaron al escritor durante su vida: la culpa, la justicia, la compasión y la posibilidad de que el ser humano, aún después de haber cometido los peores errores, encuentre un camino hacia la redención moral.
Juan Laureano Sercov
30 de agosto de 2026