Qué leo hoy: El libro de las ilusiones y Música del azar de Paul Auster

Leer cualquier obra de la prolífica producción de Paul Auster es un verdadero placer. Su escritura fluye con claridad naturalmente, mientras sus historias atrapan desde las primeras páginas. Sus protagonistas suelen ser escritores, profesores, traductores o libreros, personajes que le permiten reflexionar, en medio de la trama, sobre la literatura, los libros y el acto mismo de escribir.

En las novelas de Auster siempre ocurre un hecho inesperado que precipita a los personajes hacia un abismo. Lo verdaderamente importante no es la caída, sino el modo en que logran atravesarla. En ese sentido, parece cumplirse aquella idea atribuida a Dostoievski: lo esencial no es la llegada, sino el camino.

Quizá el mejor ejemplo sea El libro de las ilusiones, una novela que explora el dolor, la culpa y la posibilidad de redención a través del arte. En ella, Auster une sus dos grandes pasiones: el cine y la literatura.

El narrador, David Zimmer, es un profesor universitario que pierde a su esposa y a sus hijos en un accidente aéreo. Consumido por la culpa —porque fue él quien recomendó ese vuelo—, se refugia en el alcohol, deambula sin rumbo por congresos académicos y convive con la idea del suicidio. En medio de esa profunda depresión ocurre un hecho aparentemente insignificante: una película de Héctor Mann, un misterioso actor del cine mudo desaparecido décadas atrás, consigue arrancarle una sonrisa. Ese instante cambia el rumbo de su vida.

La fascinación por Mann lleva a Zimmer a investigar su obra y escribir un libro titulado El último actor cómico. A partir de allí, la novela se transforma en una búsqueda apasionante. Con ecos claramente borgeanos —películas inexistentes, identidades difusas, laberintos narrativos y continuos giros argumentales—, Auster construye una historia donde la investigación del actor desaparecido termina siendo, en realidad, una búsqueda interior. El hombre que al comienzo solo quería morir recupera, poco a poco, el deseo de vivir.

Nacido en Newark, Nueva Jersey, el 3 de febrero de 1947, Paul Auster estudió literatura francesa, italiana e inglesa en la Universidad de Columbia durante los convulsionados años sesenta, marcados por la guerra de Vietnam, las protestas estudiantiles y una intensa politización de la vida universitaria.

Pese a su enorme formación literaria, nunca asistió a talleres de escritura porque no creía que escribir pudiera enseñarse en un aula. Su aprendizaje surgió de la lectura constante y del ejercicio cotidiano de la escritura.

En su vida personal compartió una relación afectiva e intelectual excepcional con la novelista Siri Hustvedt. Ambos eran los primeros lectores y críticos del otro, bajo una regla inquebrantable: la honestidad absoluta. Esa complicidad literaria contribuyó, sin duda, a la precisión y calidad de sus respectivas obras.

Aunque muchos de sus libros contienen elementos autobiográficos, Auster insistía en que no escribía autobiografías. Lo explicaba con claridad: “No estoy tan interesado en mí mismo. No es como si quisiera contar la historia de mi vida. Pero sí me interesa lo que se siente al estar vivo, y conozco mi propia historia mejor que cualquier otra. Escribir sobre esos temas es una forma de compartir esa experiencia con los demás. Los libros pueden despertar los recuerdos de los lectores sobre sus propias vidas. Esa sensación de humanidad compartida es lo que realmente me interesa.”

Esa concepción atraviesa buena parte de su obra. En La invención de la soledad, especialmente en la primera parte, El hombre invisible, reflexiona sobre la muerte de su padre y sobre la figura de la paternidad. Siempre hay experiencias personales, pero transformadas por la ficción en una reflexión universal.

Su obra más conocida es La trilogía de Nueva York, integrada por Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. Allí ya aparecen los temas que recorrerán toda su literatura: la identidad, el azar, el lenguaje, el doble y la búsqueda de sentido. No resulta extraño que muchos críticos lo hayan incluido dentro de una corriente que suele denominarse “realismo absurdo”, donde lo cotidiano se ve alterado por acontecimientos inesperados que modifican el destino de los personajes.

El azar es, precisamente, el gran protagonista de La música del azar. Jim Nashe, un bombero de Boston abandonado por su esposa, recibe inesperadamente una herencia cercana a los doscientos mil dólares. Compra un Saab rojo, el mejor automóvil que jamás tuvo, y decide recorrer sin rumbo las carreteras de Estados Unidos. Conduce durante un año entero, convencido de que la libertad consiste en no tener destino.

Cuando el dinero casi se ha agotado, cerca de Millbrook distingue a un hombre caminando por una carretera solitaria. Cree que se trata de un borracho, pero comprende que necesita ayuda. Contra su intuición, detiene el automóvil. Ese gesto cambia para siempre su vida.

El desconocido es Jack Pozzi, un joven jugador profesional de póker que ha sido invitado a una partida privada organizada por dos excéntricos millonarios: Bill Flower y Willie Stone. Nashe invierte sus últimos diez mil dólares para financiar la apuesta y ambos emprenden una aventura que terminará convirtiéndose en una inquietante reflexión sobre la libertad, el poder, la deuda y el destino. El desenlace, profundamente alegórico, es uno de los más impactantes de toda la obra de Auster.

En una entrevista realizada en 1989 por Larry McCaffery y Sinda Gregory, le preguntaron si experimentaba ese misterioso fenómeno del que hablaba Borges: encontrar en la realidad pruebas de aquello que acababa de escribir. Auster respondió: “El mismo día en que terminé de escribir La música del azar —que es un libro sobre murallas, esclavitud y libertad— se derribó el Muro de Berlín. No es posible sacar ninguna conclusión de este hecho, pero cada vez que pienso en él comienzo a temblar.”

Tres años después, en una entrevista con Mark Irwin, profundizó sobre el personaje: “Nashe es un trotamundos. Se pasa todo un año recorriendo Estados Unidos y, sin embargo, en cierto sentido, es un prisionero. Le aprisiona la idea de libertad que él mismo se ha creado. La verdadera libertad solo es posible cuando se detiene, se instala en algún lugar y asume la responsabilidad de algo o de alguien.” Y añadía otra observación reveladora sobre su forma de escribir: “No hay duda de que el libro tomó las riendas y adquirió vida propia independientemente de mi voluntad.”

Quizá esa sea una de las claves para comprender la obra de Paul Auster. Sus novelas parecen avanzar guiadas por el azar, pero detrás de cada coincidencia hay una profunda reflexión filosófica sobre la identidad, la libertad, la memoria, la pérdida y el sentido de la existencia. Leerlo ayuda a pensar nuestro tiempo y a comprender mejor la condición humana. Su prosa, elegante y llena de referencias literarias, construye historias donde lo extraordinario surge de lo cotidiano. Cada novela invita al lector a reconocerse en sus personajes y a preguntarse hasta qué punto el azar gobierna nuestras vidas.

Auster, visitó Argentina en varias oportunidades — fue invitado a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires—, falleció el 30 de abril de 2024, dejó una obra que seguirá dialogando con nuevas generaciones de lectores. El libro de las ilusiones y La música del azar son dos magníficas puertas de entrada a un universo literario donde el azar nunca es casual y donde la literatura, como el cine, puede convertirse en una forma de salvación.

Juan Laureano Sercov

23 de Agosto de 2026