Qué leo hoy: Aquí vivieron y Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez

Manuel Bernabé Mujica Láinez, conocido como “Manucho”, nació el 11 de septiembre de 1910 en Buenos Aires. Inició su carrera periodística en La Nación, donde durante décadas se desempeñó como cronista y crítico de arte mientras que paralelamente desarrollaba una obra narrativa marcada por la agudeza, la sutileza y una profunda fascinación por la historia, el secreto, lo enigmático y lo exótico.

Uno de los rasgos más singulares de su universo literario fue su pasión por la heráldica. Blasones, escudos y linajes aparecen una y otra vez en sus libros como símbolos de identidad, poder y memoria. Descendiente directo de Juan de Garay, Manucho encontraba en la genealogía y en los emblemas nobiliarios una forma de explorar tanto el pasado colonial como la decadencia de la aristocracia, un mundo que conocía de primera mano y que convirtió en materia literaria.

Su producción puede dividirse en dos grandes vertientes: la narrativa breve y la novela. En ambas sobresale un estilo refinado, de extraordinaria riqueza verbal y absoluto dominio del idioma. Su prosa, deliberadamente barroca, exige muchas veces una lectura atenta e incluso la consulta del diccionario, pero recompensa al lector con una elegancia poco frecuente y una capacidad excepcional para recrear el pasado, envolviéndolo en atmósferas de belleza, simbolismo y misterio.

Admiraba a Marcel Proust, Henry James y Virginia Woolf, aunque nunca se sintió parte de ninguna escuela literaria. Partía de una rigurosa documentación histórica y, sobre esa base, desplegaba una imaginación capaz de transformar los hechos en una ficción de enorme intensidad estética.

Otra división de su obra es temporal, hasta 1960 y después de esa fecha. A la primera etapa pertenecen Aquí vivieron (1949), Misteriosa Buenos Aires (1950), Los ídolos (1952), La casa (1954), Los viajeros (1955) e Invitados en El Paraíso (1957). En estos libros retrató el esplendor y la decadencia de la alta burguesía porteña, al tiempo que construyó un universo donde la historia, la fantasía y el drama psicológico conviven con absoluta naturalidad.

Como escribió Daniel Gigena en La Nación: «Además de su prosa excepcional, elogiada por sus contemporáneos y luego hasta por Roberto Bolaño, sus historias, su disección de la clase alta argentina y su capacidad para crear personajes inolvidables constituyen un hito de nuestra literatura». Por su parte, Cristina Piña afirmó: «Sus extravagancias marcaron una época y una forma de insertarse en la realidad. Nadie lo hizo y, probablemente, nadie pueda volver a hacerlo como él».

Para quienes deseen acercarse a su obra, considero que sus primeros dos libros resultan ideales: Aquí vivieron y Misteriosa Buenos Aires. El primero reúne cuentos memorables como «Lumbi», «El cofre», «La viajera», «Los amores de Leonor Montalvo», «El camino desandado» y «La máscara sin rostro». Distintas personas, familias, habitan, “viven” en una quinta en los alrededores de San Isidro, en la zona norte del Gran Buenos Aires, sobre las barrancas que miran al Río de la Plata y sus historias se reflejan en una colección de cuentos que si bien son independientes reconstruyen la historia de la quinta. En La Casa ya había adoptado una estructura similar aunque en este caso se trata de una autobiografía de un edificio.

Del segundo texto son imprescindibles «El hambre», «Los pelícanos de plata», «El espejo desordenado», «La pulsera de cascabeles», «El ilustre amor», «La galera», «El vagamundo» y «El salón dorado». Hay relatos para todos los gustos y varios permanecen en la memoria mucho tiempo después de la lectura. Misteriosa Buenos Aires reúne cuarenta y dos cuentos que recorren casi cuatro siglos de historia de la ciudad.

El primero, «El hambre», transcurre durante la primera fundación de Buenos Aires, en 1536; lo leí siendo muy joven y la historia del anillo me impresionó tanto que, pese al paso de los años, nunca lo olvidé. El último, «El salón dorado», se sitúa en 1904. Entre ambos extremos se despliega un extraordinario fresco histórico en el que aparecen la conquista, el mestizaje, la inmigración y la transformación de Buenos Aires en una ciudad cosmopolita. Amor, religión, violencia, mitos, marginalidad y poder se entrelazan en relatos donde el suspenso, el terror, lo fantástico y la ficción histórica alcanzan un equilibrio admirable.

A fines de la década de 1950 parecía que su obra había llegado a un punto de agotamiento creativo. Sin embargo, un viaje a Italia modificó por completo ese panorama. Allí conoció el jardín del duque Pier Francesco Orsini, en Bomarzo (aproximadamente noventa kilómetros al norte de Roma), cuya figura lo inspiró para escribir una de las grandes novelas argentinas del siglo XX. Publicada en 1962, Bomarzo propone un extraordinario artificio narrativo: un hombre del Renacimiento relata su propia vida cuatro siglos después de haberla vivido. La novela explora las tensiones entre la materia y el espíritu y desafía las convenciones de su época al abordar temas entonces poco frecuentes en la literatura argentina, como la diversidad corporal y la discapacidad, la homosexualidad reprimida, el incesto, la crueldad, el deseo, el ocultismo y la ambición desmedida por el poder. En 1964 recibió por esta obra el prestigioso Premio John F. Kennedy, compartido con Julio Cortázar, distinguido por Rayuela.

Después de Bomarzo llegaron El unicornio (1965), El laberinto (1974), El viaje de los siete demonios (1974), Sergio (1976), Los cisnes (1977), El gran teatro (1979), El escarabajo (1982) y Un novelista en el Museo del Prado (1984), obras que consolidaron una segunda etapa de extraordinaria madurez literaria.

Expertos consideran a Mujica Láinez un escritor adelantado a su tiempo. Aunque durante décadas parte de la crítica minimizó sus méritos estéticos, fue un innovador tanto en sus técnicas narrativas como en su manera de reinterpretar el pasado para dialogar con el presente. Su influencia puede rastrearse en autores tan diversos como Alberto Laiseca, César Aira, Rodrigo Fresán e incluso Martín Caparrós.

El doctor en Letras e investigador del CONICET Diego Niemetz sostiene, en Aventuras y desventuras de un escritor (EDIFYL, 2016), que “buena parte de las críticas dirigidas a Mujica Láinez respondían menos a su literatura que a su figura pública: su pertenencia a la alta sociedad, sus posiciones políticas conservadoras y su condición de homosexual”. Niemetz también señala que “el interés del escritor por la fundación de América, el mestizaje, la conquista y las tradiciones que alimentan el realismo mágico lo acerca a Alejo Carpentier”. Asimismo, recuerda que Bomarzo y Rayuela fueron publicadas el mismo año, aunque recibieron una recepción muy distinta: mientras la novela de Cortázar fue celebrada por su carácter innovador, a Bomarzo se le reprocharon precisamente aquellos rasgos —la ruptura cronológica, la experimentación narrativa y el carácter autoficcional de su protagonista— que hoy constituyen algunas de sus mayores virtudes.

Su personalidad excéntrica, su refinado estilo de vida y la imagen pública que cultivó terminaron eclipsando, en más de una ocasión, el extraordinario valor de su obra literaria.

Tras décadas de trabajo en La Nación, se jubiló en 1969, vendió la casa del barrio de Belgrano donde había vivido desde 1936 y se instaló en El Paraíso, una casona de estilo colonial cercana a La Cumbre, Córdoba, diseñada por León Dourge y construida en 1922. Allí escribió sus últimos libros y pasó los años finales de su vida. Murió el 21 de abril de 1984, a los 73 años, a causa de un edema pulmonar.

Con el paso del tiempo, la obra de Manuel Mujica Láinez no ha dejado de crecer. Su extraordinaria capacidad para fundir historia e imaginación, la elegancia de su prosa y la complejidad de sus personajes lo convierten en uno de los grandes narradores argentinos del siglo XX, un autor cuya literatura sigue ofreciendo nuevas lecturas y revelando matices con cada regreso a sus páginas.

Juan Laureano Sercov

02/08/2026