
El cerco de Budapest se extendió desde finales de diciembre de 1944 hasta el 13 de febrero de 1945. Aquel cruento episodio costó la vida de 40.000 civiles, cerca de 80.000 soldados del Ejército Rojo y 38.000 defensores de las fuerzas del Tercer Reich. El periodista Eduardo Fidanza recordaba en las páginas de La Nación cómo, en la primavera de 1945, Sándor Márai regresó a una Budapest devastada. Allí descubrió que el asalto final soviético y la huida alemana se habían llevado su casa y, con ella, los seis mil volúmenes de su biblioteca. En medio de las ruinas, el escritor experimentó lo que describiría en sus memorias como «un curioso e inmenso alivio». Aunque observó que reconstruir la ciudad era un paso necesario para la nación, pronto comprendió que bajo el yugo ruso a los húngaros no les esperaba la libertad. Aun así, la nueva realidad le otorgó una extraña serenidad y la memoria entre los escombros.
A propósito de ese episodio, con una crudeza inusual en su obra, muestra en la novela Liberación escrita entre julio y septiembre de 1945 cómo los hechos trágicos de la historia colectiva obligan a enfrentar con los ojos bien abiertos la verdad que no se quiere ver.
Desarrolla este tema que es el telón de fondo y el motor de su vasta producción. Tiene presente la idea que nazis y comunistas perseguían el mismo objetivo: “Succionar a la víctima todo lo que tuviera de amor propio y dignidad”. Puede consultarse a Hugo Beccacese en la reseña que hizo en La Nación el 15 de junio de 2012.
Sándor Márai fue un novelista de culto, periodista y dramaturgo húngaro. Nació el 11 de abril de 1900, en Košice (antes Kassa), Eslovaquia.
En su obra muestra los padecimientos de las naciones centroeuropeas, abrumadas por las dos guerras mundiales, el nazismo y el comunismo. En la adolescencia comenzó a peregrinar por Europa y comenzó a esbozar sus novelas mientras trabajaba de periodista escribiendo en el diario Pesti Hírlap. Sus columnas eran famosas y de lectura obligada. Vivió en Budapest, Leipzig, Weimar, Francfort, Berlín, París y Florencia y hacia fines de la década del treinta era uno de los escritores más exitosos de Hungría.
Sus primeras novelas traducidas al español son El último encuentro, Divorcio en Buda, La herencia de Eszter, La amante de Bolzano y La mujer justa. También se tradujeron dos volúmenes autobiográficos Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!.
Márai fue un buscador incansable de la verdad y la mesura, cualidades que paradójicamente retrató con descarnada honestidad. Sus personajes siempre evocan situaciones dolorosas y perplejas, traslucen odio, miedo, remordimiento, crueldad, furia demencial, también nostalgia en ese mundo destruido por igual por los bolcheviques y por el tercer reich con codicia que hace rechinar los dientes.
En sus obras se observa como sus personajes se acostumbran a todo lo inhumano con bastante rapidez. Las familias que producto de la guerra sobreviven hacinadas en un cuarto, se acostumbran a la promiscuidad, al encierro, a la suciedad, al aburrimiento, al bombardeo incesante, al sobresalto de las explosiones cercanas, como él mismo dice al hedor que emana de los cuerpos bañados en el sudor del pánico.
Claro que la civilización burguesa había sido violada por los nazis antes que por los comunistas y la guerra no había hecho sino sacar a luz el odio latente de los seres humanos, ávidos de ventilar cada tanto las propias miasmas.
Las muertes de sus tres hermanos, la de su mujer, Lola, y la de su hijo, en un lapso de un año y medio, lo dejaron en la soledad más absoluta. Estaba enfermo, se negaba a terminar sus días en un internado. Se suicidó de un disparo en la cabeza el 21 de febrero de 1989, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín, en San Diego, California.
Todas su obras son recomendables, como sugerencia se puede comenzar a leer al escritor por la siguiente novela: El Último Encuentro que se desarrolla en un lugar de ensueño, un Castillo en Hungría con bosques aledaños que permiten la buena caza. El dueño de la propiedad es un hombre “El General” que ocupa la vivienda con sus criados y con Nini quien cuenta con noventa y un años y quien lo crió.
Se añoran tiempos pasados, las elegantes veladas, la música de Chopin que ya no se escucha, el esplendor de antaño ahora son recuerdos silenciosos. La Mansión lo comprendía todo, como una enorme tumba de piedra tallada donde se desmoronan los restos de varias generaciones.
Henrik, el General, era un soldado por naturaleza. Konrad su amigo había ingresado con él en la Academia cuando ambos forjaban una entrañable amistad. Los dos vivían un orden establecido por siglos de práctica y experiencia. Konrad se refugia en la música. Henrik se caza con Krisztina, sin que esto lo aleje de su amistad con Konrad. Ambos continúan siendo amigos inseparables. Luego de una cacería Konrad se va a vivir al Extremo Oriente.
A partir de ese día, Krisztina y Henrik dejan de hablarse de por vida. Tras la muerte de ella, los secretos y los cabos sueltos quedan suspendidos en el tiempo, hasta que todo converge en un reencuentro definitivo entre los dos antiguos amigos, cuarenta años después de su último día juntos. El General tiene preguntas cruciales que hacerle a Konrad; busca confirmar una verdad que intuye, pero que necesita sellar en ese último encuentro.
Juan Laureano Sercov 12 de Julio de 2026