Qué leo hoy – “Extraño y pálido fulgor” de Héctor Tizón

En la portada de varias novelas de Héctor Tizón puede leerse que nació a fines de 1929. En su currículum me llamó la atención que se definiera, entre otras cosas, como “vagabundo”, junto a otras facetas de su vida: diplomático, exiliado, regresado y juez en Jujuy, su provincia natal.

Tanto el Canal Encuentro como Cristina Mucci, en su programa “Los siete locos”, sostienen que Tizón nació en Yala, versión que el propio escritor nunca desmintió. Sin embargo, fue inscripto en el Registro Civil de Rosario de la Frontera, Salta. De allí surge una pequeña incertidumbre biográfica: Héctor Tizón nació el 21 de octubre de 1929, ya fuera en Rosario de la Frontera o en Yala.

Entre 1943 y 1948 se trasladó a la ciudad de Salta para cursar sus estudios secundarios. Allí publicó sus primeros cuentos en el periódico “El Intransigente”. Más tarde se instaló en La Plata para estudiar Derecho y comenzó a colaborar con el periódico “Orientación”, donde Atahualpa Yupanqui tenía una columna. Su verdadera vocación era la literatura, aunque en aquella época vivir de la escritura resultaba prácticamente imposible. Tampoco podía regresar a su pueblo para decirles a sus padres que abandonaría una carrera universitaria cuyo estudio había representado un importante esfuerzo económico para toda la familia. De todos modos, el Derecho también lo apasionaba; según contaba el propio Tizón, su materia preferida fue el Derecho Romano.

Una vez graduado como abogado, desarrolló una intensa actividad pública. Fue ministro, diplomático y juez del Superior Tribunal de Justicia de Jujuy. Vivió en México, París, Madrid y se desempeñó como cónsul argentino en Milán, aunque siempre regresó a Yala, el lugar que consideraba su verdadero hogar. En 1960, durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962), fue designado agregado cultural en la Embajada Argentina en México, etapa en la que apareció el compendio de relatos “A un costado de los rieles”. Casado con la filóloga Flora Guzmán, recibió numerosos reconocimientos, entre ellos varios premios Konex, fue distinguido como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia e integró la Academia Argentina de Letras. Tras el derrocamiento de Frondizi, en 1962, decidió alejarse de la diplomacia.

Afiliado a la Unión Cívica Radical, el golpe militar de 1976 lo empujó al exilio, una de las experiencias más dolorosas de su vida. Se radicó en España, donde dirigió el diario Proclama y colaboró con diversas editoriales, diarios y revistas. Con el regreso de la democracia volvió a Jujuy y retomó su actividad como juez.

En reconocimiento a su trayectoria, en 2005 fue declarado Ciudadano Ilustre de San Salvador de Jujuy. Cinco años más tarde, el Concejo Deliberante dispuso que el primer centro cultural municipal llevara su nombre. Una calle de la ciudad de Palpalá lo recuerda.

Héctor Tizón falleció el 30 de julio de 2012, a pocos meses de cumplir 83 años, en un sanatorio de San Salvador de Jujuy. Yala, apenas a unos quince kilómetros, seguía siendo el lugar en que habitaba su corazón. Entre las obras de Héctor Tizón sobresale “Sota de bastos, caballo de espadas”, una novela histórica de más de quinientas páginas que ofrece una mirada original sobre el Éxodo Jujeño. Es la novela más extensa de su producción y constituye, en palabras del propio autor, «un gran fresco del mundo y de la vida en este país del norte. La epopeya de la guerra gaucha —del éxodo—, pero no vista desde arriba, sino desde abajo, desde el punto de vista de quien la sufrió y la hizo». Fue escrita entre 1970 y 1975, según consta en el diario de trabajo publicado por Tizón, y comienza con una aparente sencillez que anticipa el tono de toda la narración: «Doña Teotilde jamás se resignó a la pérdida de su hijo, que desapareció en el bosque corriendo detrás de un chancho. Y este incidente adquirió luego, andando el tiempo, cierta importancia para la historia…».

En esta novela, como en buena parte de su obra, los personajes viven envueltos por una profunda sensación de vacío y desamparo. El paisaje no constituye un simple escenario: la inmensidad de la Puna, el desierto, el viento, la piedra y arena terminan modelando el carácter de quienes la habitan.

Acerca de “El hombre que llegó a un pueblo”, el propio Tizón afirmaba: «Ya no hay localizaciones, no hay tantos nombres propios, no hay prácticamente nada. Está el hombre, que en realidad son dos hombres: él y la imagen que los demás tienen de él. Es la historia de un hombre en busca de sí mismo. Es la aventura que todos padecemos». La novela transcurre en tiempos del gobernador Oviedo. Dos presos escapan de la cárcel; uno muere en la huida a causa de una herida de bala y el otro llega a un pueblo desolado montado en un viejo burro oscuro y calzando las botas del muerto. Allí descubre que puede quedarse siempre que acepte el papel que los habitantes le asignan. Desfilan personajes inolvidables como Artemia, la anciana; Teobaldo Flores, charlatán y librepensador; Ocampo y su esposa Josefa, y Hermógenes. Honoré de Balzac se preguntaba ¿quién soy?: Soy lo que soy, como me veo, o soy como me ven los demás. Tizón ahonda en ese concepto filosófico.

En sus textos no necesita vestir a sus personajes con ponchos ni describir minuciosamente sus costumbres para que el lector comprenda que pertenecen a la Puna. Son hombres y mujeres tallados por el viento. Escribe desde ese universo y para esos paisanos, aunque su literatura trascienda cualquier frontera regional.

“La casa y el viento” constituye una de las mejores expresiones de su universo simbólico. El propio título funciona como una metáfora: la casa representa el origen, la madre, el refugio primordial; el viento encarna la historia, el tiempo y las circunstancias que pueden destruir ese espacio fundacional. Desde esa concepción, en sus novelas las referencias geográficas precisas se vuelven cada vez más escasas, al igual que los nombres propios. Lo importante no es el lugar concreto, sino la condición humana. Como parece sugerir toda su narrativa, la historia de un hombre es, en definitiva, un largo rodeo alrededor de su casa.

En “Extraño y pálido fulgor” desarrolla una delicada historia de amor ambientada en un mundo atravesado por la soledad y el desamparo. El protagonista, un viajante de comercio que recorre los pueblos en un viejo Studebaker vendiendo productos para la casa mayorista J. J. Niemeyer, hubiera querido ser poeta. Casado y con dos hijos, su vida cambia cuando encuentra, dentro de un libro olvidado en el cajón de una mesa de luz de una fonda, una carta de amor firmada por Abigail y dirigida a Juan Fernández. La búsqueda de los destinatarios de esa carta se convierte en una obsesión que despierta recuerdos de su infancia, la muerte de su padre, la relación con sus hijos y la transformación de quienes lo rodean.

Entre sus autores predilectos de Tizón, se encontraba Nikolái Gógol, aunque de joven también disfrutó las novelas populares de la colección Leoplán. En su casa de Yala recibió la visita de importantes escritores, entre ellos Italo Calvino. La presencia en Jujuy de personajes inesperados también despertó su curiosidad literaria: la visita del mariscal Josip Broz Tito aparece evocada en “La mujer de Strasser” (1997), mientras que en el ensayo “Tierras de frontera” recuerda el paso por la provincia de un hermano del compositor Giacomo Puccini. Esos personajes excéntricos parecían encontrar un sitio natural en la lejanía del norte argentino.

La tradición oral de la Puna fue una de las principales fuentes de inspiración de su literatura. Sus relatos, profundamente arraigados en los mitos, la memoria y el paisaje de Jujuy, fueron traducidos al francés, inglés, alemán, ruso y polaco. Su dominio del idioma, el manejo del tiempo narrativo y un estilo de apariencia sencilla, construido con pocas pero precisas pinceladas, lo convirtieron en uno de los grandes narradores del interior argentino. En sus personajes resuena el habla del noroeste, afirmando una mirada profundamente federal de la literatura nacional.

Entre sus principales novelas figuran Fuego en Casabindo (1969), Sota de bastos, caballo de espadas, La casa y el viento (1984), El hombre que llegó a un pueblo (1988), El viaje (1988), El gallo blanco (1992), La mujer de Strasser (1997), Luz de las crueles provincias, Extraño y pálido fulgor, El viejo soldado y La belleza del mundo (2004). Publicó además los libros de cuentos El jactancioso y la bella (1972), El traidor venerado (1978), El cantar del profeta y el bandido y otros volúmenes narrativos. En el ensayo incursionó con Tierras de frontera (2000), mientras que en 2008 dio a conocer sus memorias, El resplandor de la hoguera.

Fuego en Casabindo transcurre en un pequeño pueblo de la Puna y recupera la memoria de la batalla de Quera, librada el 14 de enero de 1875, cuando los terratenientes jujeños buscaron sofocar la resistencia de las comunidades kollas que reclamaban sus tierras ancestrales. También resuenan los ecos del combate de Abra de la Cruz o Cochinoca, ocurrido pocas semanas antes. Con esta novela Tizón consolidó definitivamente su identidad literaria como narrador de la Puna, lejos de los centros culturales de Buenos Aires y de las modas literarias.

La Puna fue, para Tizón, una patria espiritual. La infancia transcurrió acompañando los sucesivos destinos ferroviarios de su padre, Eduardo Tizón, mientras su madre, Eleonor Lagomarsino, sostenía el hogar. «Tuve una infancia feliz», escribió alguna vez en los apuntes que más tarde revisaría su esposa Flora Guzmán quien recordaba: «Al padre lo mandaron un tiempo a Abra Pampa. En realidad lo destinaban por toda la provincia. Entonces Héctor conservó unas imágenes de infancia tan fuertes de la Puna que lo acompañaron durante toda la vida. Lo más parecido al hogar paterno fue Yala, donde el padre era jefe de estación.

Juan Laureano Sercov 05/07/2026