A pesar de la prohibición, la pirotecnia sonora se sintió en Mar del Plata: falta de control y empatía

Una vez más, la “Ciudad Feliz” despertó con el eco de los estruendos y el saldo amargo de una convivencia que parece imposible. A pesar de las ordenanzas vigentes y las campañas de concientización, la Navidad en Mar del Plata volvió a demostrar que el cielo iluminado es, para muchos, un infierno en la tierra.

Desde 2019, la ordenanza 24.678 prohíbe la utilización, tenencia y comercialización de pirotecnia sonora en el Partido de General Pueyrredon. Sin embargo, basta con asomarse a cualquier balcón en la zona de la Perla, el Puerto o los barrios periféricos para notar que la normativa es, en la práctica, una letra muerta.

El mercado negro y la falta de controles rigurosos en los accesos a la ciudad permiten que los artefactos de alto impacto sonoro sigan siendo los protagonistas. La “pirotecnia lumínica” (amigable) sigue siendo la excepción, mientras que las explosiones de gran calibre dominan la escena.

Lo que para algunos es “tradición”, para otros es una tortura física y emocional. La crítica no es caprichosa; se fundamenta en el sufrimiento real de sectores vulnerables.

La persistencia de la pirotecnia sonora en Mar del Plata es un síntoma de una profunda falta de empatía. En una ciudad que busca posicionarse como un destino turístico moderno y de vanguardia, seguir aferrados al ruido destructivo parece un anacronismo.

Mar del Plata no necesita estruendos para brillar. Mientras la sociedad no comprenda que el derecho a festejar termina donde empieza el sufrimiento del otro, las fiestas seguirán siendo una fecha de exclusión y dolor para miles de marplatenses. Es hora de que “Pirotecnia Cero” sea un compromiso real y no solo un eslogan de campaña.