Qué leo hoy: Expiación de Ian McEwan

Ian McEwan nació en Aldershot, Hampshire, el 21 de junio de 1948 (78 años). Hijo de un militar, pasó parte de su infancia en el Lejano Oriente, Alemania y el norte de África. De regreso en Inglaterra, estudió Literatura Inglesa en la Universidad de Sussex y posteriormente creación literaria en la Universidad de East Anglia, donde fue alumno de Malcolm Bradbury y Angus Wilson. La revista TIMES lo ha incluido entre los 50 escritores más influyentes de este siglo.

“Expiación” revela un extraordinario talento narrativo. Conviven la novela psicológica, el drama amoroso, el relato bélico y la metaficción, pero, por encima de todo, es una novela sobre la literatura y sobre el poder de las palabras para construir una realidad, deformarla, conservarla o intentar repararla. Puede leerse en dos planos. Por un lado, está la historia de unos personajes atravesados por el deseo, la culpa, la guerra y la pérdida. Por otro lado, una reflexión sobre cómo se construye una historia y hasta qué punto lo que contamos puede llegar a sustituir aquello que realmente ocurrió.

La primera parte transcurre durante un caluroso par de días en el verano de 1935, en la finca campestre de los Tallis, en Surrey: el retrato de una burguesía acomodada y en apariencia ordenada, pero agrietada por tensiones familiares, afectivas y sociales. La casa, con sus habitaciones, jardines y corredores, funciona como un escenario teatral en el que cada personaje representa su papel. Entre ellos destaca Briony Tallis, una niña de trece años con una imaginación poderosa y una temprana vocación literaria. Escribe una obra de teatro y observa el mundo intentando darle un sentido que todavía no puede comprender. Sin embargo, en Expiación la imaginación infantil está lejos de ser inocente: puede convertirse en una fuerza devastadora.

Un episodio que Briony interpreta de manera equivocada desencadena la tragedia. Su acusación afecta a Robbie y a su hermana mayor Cecilia, que están enamorados. Robbie es hijo de la criada y protegido de los Tallis quienes le pagan su formación. A partir de entonces, la imaginación deja de ser un juego y adquiere una dimensión moral: Briony descubrirá más tarde que una historia inventada puede modificar para siempre la vida de otras personas.

McEwan construye esta primera parte, de modo que la realidad nunca aparece como una verdad transparente. Lo que vemos depende de quién mira, de cuánto comprende y, sobre todo, de cuánto ignora. Esta estrategia alcanza su máxima expresión cuando descubrimos que Expiación es también la obra de Briony: la joven que alguna vez interpretó los hechos desde su imaginación, ya adulta, reconstruirlos mediante la escritura. La novela se repliega así sobre sí misma y convierte al lector en testigo de una ficción dentro de otra ficción.

La segunda parte introduce un contraste brutal. El mundo cerrado de la mansión Tallis desaparece y la novela se sumerge en la crudeza de la Segunda Guerra Mundial. Robbie participa en la retirada de Dunkerque en 1940, mientras Cecilia, convertida en enfermera, permanece en Inglaterra esperándolo. La guerra aparece despojada de toda épica: cuerpos abandonados, soldados heridos, bombardeos, sed, agotamiento y miedo. McEwan no se detiene tanto en los grandes acontecimientos históricos como en la experiencia física y devastadora de quienes los padecen.

La tercera parte devuelve la narración a Briony, ahora también enfermera. El contacto con el sufrimiento humano la enfrenta directamente con las consecuencias de su culpa. La joven que había creído comprender la realidad mediante la imaginación descubre que esta puede ser mucho más compleja y terrible que cualquier relato.

Su deseo de reparar el daño cometido se convierte entonces en una búsqueda de expiación. Pero ¿puede realmente expiarse una culpa mediante la escritura?. Esta pregunta atraviesa toda la novela. Briony investiga, consulta documentos, utiliza las cartas de Robbie y Cecilia y busca información sobre Dunkerque para reconstruir los hechos con autenticidad. La paradoja es profundamente conmovedora: para acercarse a la verdad, necesita recurrir a la ficción. Y, sin embargo, la ficción no puede devolverles a Robbie y Cecilia aquello que perdieron.

Aquí aparece una de las grandes cuestiones de la novela: ¿cuánto modificamos nuestra propia vida cuando la contamos?. La memoria no es un archivo exacto del pasado; selecciona, omite, transforma y reconstruye. En Expiación, el lector descubre finalmente que ha estado leyendo la versión de Briony y comprende que también ha sido manipulado por una narradora que intenta reconciliarse con su pasado. La literatura se revela así como un territorio ambiguo: puede acercarnos a una verdad emocional y puede también construir una mentira perfecta.

No es casual que al comienzo aparezca la imagen de un jarrón roto y vuelto a recomponer. Esa fractura anticipa simbólicamente todo lo que vendrá: un objeto reparado nunca vuelve a ser exactamente el mismo, del mismo modo que una vida quebrada por una acusación o una mentira no puede recuperar completamente su forma original.

Allí reside quizá la mayor paradoja de Expiación. Briony dedica su vida a escribir para reparar una culpa que sabe irreparable. La escritura se convierte en su forma de justicia, en su intento de devolver a Cecilia y Robbie aquello que la realidad les negó. Pero las palabras no pueden modificar el pasado; solo pueden ofrecer una interpretación, una memoria y, quizá, una forma de asumir la responsabilidad.

Personalmente, me gustó mucho el final, precisamente porque fue lo que más me hizo reflexionar. Cuando la novela parece haber llegado a su resolución, McEwan introduce una última revelación que obliga a reconsiderar todo lo leído. Lo que parecía una historia de amor, culpa y reparación se transforma en algo más inquietante: una meditación sobre nuestra necesidad de inventar finales para aquello que en la vida real no los tiene.

Expiación es, en definitiva, una novela sobre el amor y la guerra, pero también sobre la memoria, la culpa, la responsabilidad y el poder de la literatura. McEwan no ofrece respuestas sencillas; deja al lector frente a una pregunta incómoda: si no podemos cambiar lo ocurrido, ¿hasta dónde puede la escritura reparar el daño?. Quizá la verdadera expiación no consiste en conseguir que el pasado deje de haber sucedido, algo imposible, sino en reconocer que nuestras palabras tienen consecuencias y asumir la responsabilidad de aquello que decidimos contar.

Este libro fue llevado al cine en 2007 en la película británica: “Expiación, deseo y pecado”, dirigida por Joe Wright y protagonizada por James McAvoy, Keira Knightley y Vanessa Redgrave.

Juan Laureano Sercov 01 de noviembre de 2026